Una mirada sobre la infancia, el verano y el rol adulto de poner límites como una forma de cuidado y amor.
Hay imágenes que me encanta ver cuando llega el verano a Pinamar. Chicos con la cara llena de arena, entrando al mar, jugando a la pelota en la orilla, aprendiendo a barrenar olas, riéndose fuerte. Niños siendo niños.
Esas escenas dicen mucho del verano. Hablan de tiempo sin reloj, de experiencias simples que después se vuelven recuerdos. Son imágenes que guardamos sin saberlo y que, muchos años después, pueden regresar con olor a sal y sonido de olas.
Por eso, cuando veo a chicos ocupando lugares que no les corresponden, expuestos a riesgos de adultos, participando de escenas que no son juego ni aventura sino peligro, me incomoda. No me gusta. Y no por miedo exagerado o por estructurada. Simplemente porque no es su lugar. No es libertad. No es diversión. No es crecer más rápido. Es otra cosa.
Vivimos tiempos en los que muchas fronteras se desdibujan. También las de la infancia. A veces, con la mejor intención, confundimos y creemos que dar más permisos es sinónimo de amor, que decir que sí siempre es acompañar. Pero no todo lo que se permite protege, y no todo límite es una restricción injusta.
El verano debería ser memoria linda, no noticia triste. Debería ser mar, no motor.
Cuerpo mojado de sal, no de miedo ni de dolor.
La infancia tiene su propio ritmo y su propio lenguaje. No necesita velocidad, ruido ni riesgo extremo para ser inolvidable. La verdadera aventura infantil pasa por otras cosas: explorar, equivocarse en lo seguro, inventar juegos, aburrirse un poco, probar una y otra vez sin que el peligro esté siempre acechando.
Cuidar a los chicos es también elegir dónde sí y dónde no. Es marcar límites aunque incomoden. Es sostenerlos incluso cuando no quedan bien.
Muchas veces el verano y las vacaciones nos hacen bajar la guardia. Todo parece permitido. Todo parece menos grave. Pero los chicos no dejan de ser chicos porque estén de vacaciones. Siguen necesitando adultos que ordenen el mundo para que puedan moverse dentro de él con confianza.
Y ahí entramos nosotros. Porque para eso estamos los adultos: para acompañarlos, enseñarles, cuidarlos, alentarlos y guiarlos con responsabilidad. El ejemplo importa. Mucho más de lo que creemos. La palabra justa es clave. La mano que agarra y acompaña es indispensable. La mirada que se anticipa, fundamental. Y las risas que contagian, la mejor música de fondo.
Cuidar no pasa solo por el control externo. El principal control es el nuestro, el propio. La conciencia más importante es la tuya y la mía. No la del vecino. No la del otro. No la de “alguien debería hacer algo”.
Menos es más, también en esto. Y quizás, sobre todo, en esto. Menos exposición innecesaria, menos riesgos que no suman. Más juego, más mar y más infancia. Los chicos en la playa, jugando, explorando, divirtiéndose, disfrutando Ese es el lugar donde deberían estar. Y es responsabilidad nuestra, como adultos, cuidarlo.
Porque poner límites no es quitar libertad. Es una forma profunda y a veces incómoda de amor.
