La cultura del rendimiento y la sociedad del cansancio
Marzo no siempre significa volver a empezar. En muchas regiones, puede ser el mes del regreso a la rutina después del descanso. Pero en la costa, la historia es distinta. Acá el verano es intensidad máxima. Es temporada alta, jornadas extendidas, servicios funcionando al límite, decisiones rápidas, exigencias constantes. Este es el momento en que gran parte del año se juega en pocas semanas.
Y cuando baja el ritmo, no siempre aparece el alivio. Más bien aparece el cansancio acumulado. Sin embargo, la experiencia de sostener un nivel alto de exigencia durante meses no es exclusiva del verano ni del sector turístico. Es, en realidad, una metáfora bastante precisa de la cultura en la que vivimos: la del rendimiento permanente.
Trabajar, superarse, crecer, proponerse desafíos es algo valioso. El problema no es el esfuerzo. El problema es cuando el rendimiento deja de ser una herramienta y se convierte en identidad.
Hoy no solo trabajamos: nos gestionamos como proyectos. Medimos resultados, tiempos, productividad, presencia digital. Buscamos optimizar cada recurso, mejorar cada versión anterior de nosotros mismos y sostener una disponibilidad casi constante. La autoexigencia es un estándar.
El filósofo Byung-Chul Han describió este fenómeno como el paso de una sociedad disciplinaria basada en el “lo que debes hacer”— a una sociedad del rendimiento, dominada por el “lo que podés hacer”. Y ese “podés” es más exigente que cualquier mandato externo. Si todo es posible, el límite parece depender únicamente de nosotros. Si no llegamos, si no crecemos, si no logramos, la responsabilidad es personal.
La consecuencia es silenciosa pero evidente: ya no necesitamos que alguien nos presione porque nos presionamos solos.
En 2019, la Organización Mundial de la Salud reconoció el burnout como fenómeno ocupacional. El agotamiento no es solo laboral. También se espera rendimiento en el cuerpo, en la crianza, en las relaciones, en la formación constante. Incluso el descanso parece tener que ser productivo.
La cultura del rendimiento atraviesa todos los planos de la vida.
En contextos como el nuestro, donde la estacionalidad concentra ingresos, expectativas y resultados en períodos breves, la presión se intensifica. No se trata solo de trabajar mucho. Se trata de sentir que en cada temporada se juega algo decisivo. Que no hay margen para bajar la guardia.
Pero quizás la pregunta no sea solo por qué estamos cansados. Quizás la pregunta sea otra.
¿Y si el rendimiento permanente no fuera únicamente una imposición del sistema?
¿Y si también fuera, en parte, una elección?
El rendimiento nos ordena, nos da estructura e identidad.
En plena temporada alta sabemos exactamente quiénes somos: los que resolvemos, los que atendemos, los que gestionamos, los que producimos. La intensidad nos mantiene enfocados, ocupados, necesarios.
La temporada baja, en cambio, trae otra experiencia: menos demanda, más tiempo, más silencio. Y no siempre sabemos qué hacer con eso.
Tal vez el problema no sea el cansancio. Tal vez el problema sea que la pausa nos enfrenta a preguntas que el estar en permanente actividad y movimiento logra silenciar.
¿Quién soy cuando no estoy produciendo?, ¿Valgo lo mismo si no estoy logrando algo?
En este punto la reflexión se vuelve más profunda. Porque el rendimiento no solo nos agota; también nos valida. Nos permite medirnos. Nos tranquiliza. Nos ofrece una narrativa clara: valgo porque hago.
Y tal vez por eso cuesta tanto bajarlo. No solo porque el sistema lo exige, sino porque nosotros también lo necesitamos.
Vivimos en una dinámica de aceleración constante: todo cambia más rápido, se comunica más rápido, se exige más rápido. Pero nuestros ritmos humanos no se aceleran al mismo ritmo. Cuando esa brecha se amplía, aparece la sensación de desconexión y agotamiento.
No se trata de romantizar la lentitud ni de negar que el esfuerzo es necesario. Especialmente en economías como la nuestra donde cada temporada cuenta. Pero sí es válido preguntarnos si estamos confundiendo rendimiento con sentido.
El rendimiento sostenible no es lo mismo que el rendimiento permanente. En las organizaciones, esta diferencia impacta en el clima laboral, en la toma de decisiones y en la salud emocional de los equipos. En lo personal, se traduce en ansiedad y en una sensación persistente de insuficiencia.
Quizás marzo sea un momento propicio para revisar no solo cuánto trabajamos, sino desde dónde lo hacemos. No para rendir menos sino para rendir con propósito. No para abandonar la ambición. sino para equilibrarla con humanidad.
Porque cuando el rendimiento se vuelve obsesión, el logro pierde significado. Y cuando el esfuerzo se desconecta del sentido, el cansancio deja de ser físico y se vuelve existencial.
Después de una temporada intensa, tal vez el verdadero desafío no sea volver a acelerar. Tal vez sea animarnos a descubrir quiénes somos cuando no estamos rindiendo.
